La Economía sigue sin ser complicada

Hace algunos años escribí sobre que la economía no tiene que ser complicada. Lo sigo sosteniendo, por eso hoy vamos a explorar la creación de riqueza y los precios.
La Economía sigue sin ser complicada

Hace algunos años escribí sobre economía, y sobre que todos teníamos la capacidad de entenderla usando nuestro preciado cerebro porque la economía no tiene que ser complicada. Y lo sigo sosteniendo, por eso hoy vamos a explorar algunos conceptos más.

Lo primero que establecimos en ese artículo fue que hablar de economía era hablar de cómo hacemos uso de los recursos escasos de nuestro mundo. Tenemos dos estrategias para obtener esos recursos: la violenta y la pacífica. La violenta implica quitar el recurso escaso a quien lo tenga utilizando la fuerza. La pacífica implica llegar a un acuerdo para que quien tenga el recurso escaso nos lo entregue voluntariamente, usualmente a cambio de otra cosa. Por suerte (mejor dicho, por evolución y supervivencia) los humanos mayormente optamos, a escala, por la segunda opción, que es lo que llamamos comercio. Nuestras actividades comerciales combinadas en una estructura que nos permite actuar en base a la oferta y la demanda es lo que llamamos mercado.

Ahora bien, hay algo muy importante en la dinámica económica de cualquier sociedad. Algo que aún no nos preguntamos explícitamente y es…

¿De dónde provienen esos recursos escasos?

Cuando pensamos en recursos es muy habitual pensar en recursos naturales que el universo en el que existimos puso a disposición (“puso a disposición” suena muy antropocéntrico, ¿no?). Algunos de esos recursos abundan generalmente en relación a la demanda que tenemos de ellos, como el oxígeno, pero otros son escasos, como el agua en algunos escenarios, los árboles, ciertos minerales, etc.

Sin embargo, si nos detenemos unos minutos más, notamos que los recursos naturales no son los únicos que existen en la economía disponibles para satisfacer necesidades o deseos. Existen otros recursos como los automóviles, los alimentos modernos, la ropa, una casa, etc. que son producto nuestro, de humanos. Esos recursos no llegan solos, son creados, lo que equivale a decir que no son gratis. ¿Por qué? Porque simplemente no están ahí para que los tomemos, sino que habrá un costo en esa creación.

Lo que nos lleva a la siguiente pregunta…

¿Por qué creamos recursos económicos?

A lo largo de la historia, los humanos creamos nuevos bienes y servicios partiendo de los elementos que teníamos a nuestro alcance. Todos esos nuevos bienes y servicios, los recursos que se mueven en el mercado, son la riqueza que la humanidad ha creado y sigue creando. Vemos algo que falta, algo que no funcionaba bien, y decimos: “Hay que resolverlo”.

De esa manera logramos satisfacer nuestras necesidades directas. Por ejemplo, si tenemos frio buscamos algo con qué taparnos, o si llueve y queremos mantenernos secos buscamos refugio. Pero como somos seres sociales, también buscamos resolver necesidades de otros. Por ejemplo, si alguien necesita un medio de transporte más rápido, barato o cómodo, y no lo encuentra, es probable que otro alguien decida crearlo. O si otra persona quiere información más rápida, un sistema de entretenimiento que se adapte a sus gustos, o un mecanismo para producir mejor alimento en mayor cantidad, también hay espacio para una solución. La curiosidad, la innovación y la capacidad resolutiva están en nuestro ADN (además del ADN explorador, pero eso es para otra charla).

Cuando creamos soluciones para otros, y esos otros encuentran en esas soluciones algo valioso por lo que están dispuestos a intercambiar bienes propios voluntariamente, ambas partes se ven beneficiadas. Ahí es donde vemos aparecer al comercio, en donde aquel que tiene la inventiva y la capacidad para resolver un problema encuentra un incentivo adicional que lo lleva, no sólo a resolver lo que le preocupa a él mismo, sino a resolver lo que le preocupa a otros.

El riesgo de crear

Claro que llevar a cabo el desarrollo de una solución para algún problema no siempre es sencillo, ya que la idea es sólo la primera parte. Si decidís emprender ese camino te pueden faltar los recursos iniciales para dar vida a esa solución, te pueden faltar quienes te acompañen (la mayoría de los emprendimientos requieren de más de una persona), te puede faltar la experiencia necesaria, y te pueden faltar muchos otros requisitos. Incluso, de entre todos esos riesgos, hay uno elemental que muchas veces se olvida: aquellos a quienes tu solución debería ayudar tal vez no lo perciben de la misma manera, y si es así no la van a valorar de la forma en la que te imaginaste. Es decir, esa idea y su ejecución pueden simplemente no funcionar en el mercado y no encontrar la demanda adecuada. Los motivos pueden ser muchos, pero la realidad es que una vez transitado el camino te podés encontrar con que todo lo que pusiste de vos para crear tu emprendimiento, tu inversión, no se verá recompensada.

La tarea de emprender puede ser fácil o difícil. Cuando es fácil, es altamente probable que muchos la lleven a cabo, lo que resulta en una variada oferta de soluciones para resolver el problema inicial. Y cuando tenemos una variada oferta de soluciones, aquellos que la ofrecen deberán competir para ganar la atención y la preferencia de quienes las van a consumir. Por el contrario, cuando proveer una nueva solución al mercado está repleto de riesgos y dificultades son menos los que deciden aventurarse. Más aún, en esos casos el grupo resultante que logra su cometido es aún más reducido del aquel que lo intenta, lo cual nos deja con pocas soluciones disponibles en el mercado. Cada una de ellas probablemente sea más apreciada si el público que la demanda es amplio (hola escasez 😉), por ende las veremos a mayor precio.

No todos están dispuestos, en un momento dado, a afrontar los riesgos de crear algo nuevo y esperar que sea demandado. Pero eso no quiere decir que no tengan algo valioso que aportar a la construcción de ese algo. Aquí es donde los acuerdos voluntarios entre diferentes actores que aportan talento, ideas, trabajo, inventiva o tolerancia al riesgo determinan las relaciones que permiten que equipos de personas logren construir productos y servicios a escala. Algunos buscarán percibir una recompensa determinada de manera sostenida en el tiempo sin importar si el emprendimiento funciona bien o mal, otros buscarán una recompensa específica por cada tarea realizada, sin importar si luego eso genera mayor o menor beneficio al emprendimiento. Y otros estarán dispuestos a compartir el riesgo de un emprendimiento que vaya mal o bien, y tener una recompensa que acompañe esa volatilidad.

¿Qué es lo que nos hace decir que vale la pena el riesgo? ¿Qué nos indica en dónde y cuándo es conveniente aventurarse a emprender?

La señal por excelencia

Como ya mencionamos en el artículo previo, el precio es la señal más importante que tiene la economía y se construye de forma distribuida gracias a la acción voluntaria de cada participante del mercado. Pero ¿qué significa que sea una señal? ¿A quién le sirve esa señal? La respuesta: al emprendedor y a todo el mercado.

Muchas veces percibimos que el precio de un producto o servicio es “elevado”, pero deberíamos preguntarnos ¿elevado con respecto a qué? Esa pregunta seguro nos permitirá ver que todo es relativo y el precio de mercado no es elevado ni bajo, es lo que es en un momento dado. Aún así solemos hacer la comparación simplista entre lo que (consideramos) cuesta generar ese bien o servicio y su precio. Cuando notamos una diferencia (margen) que nos parece elevada (¿según quién?), deducimos que está “caro”. Eso es una señal para potenciales emprendedores, y también es una clara invitación que dice “Vengan a producir algo que supla la misma necesidad, y podrán gozar de ese margen”. En aquellos lugares donde se perciba mayor margen por ganar al producir algo, es donde más incentivo tendrán esos emprendedores a producir ese algo.

Naturalmente, algunos aceptarán esa invitación y pondrán manos a la obra para generar dicho bien o servicio. Quienes lo logren pondrán a disposición, para todos aquellos que lo necesiten o deseen, nuevas alternativas de solución a las necesidades y deseos del mercado. Esto reducirá la escasez, y la competencia hará el resto por reducir los precios también. Si, por el contrario, un producto o servicio se considera que posee poco margen difícilmente sea una invitación abierta a sumar más actores. No es que no puedan sumarse nuevos, pero la señal no sería tan fuerte.

De todo esto concluimos que los precios de mercado nos indican dónde está la preferencia del mercado, dónde hay demanda de productos y servicios para satisfacer una necesidad o deseo. Pero sobre todo nos indican en dónde hay más oportunidad de recompensa si se opta por satisfacer dichas necesidades o deseos en ese sector. Si todo fluye de forma libre y voluntaria, eventualmente nuevos emprendedores se sumarán a ese nicho a incorporar sus alternativas de solución hasta que se encuentre un equilibro, y el precio lo refleje.

Ahora bien, ¿cuál es ese equilibro de mercado y cómo se logra?

La competencia

Vamos a viajar a un universo hipotético por un momento. Supongamos que decidimos emprender en la fabricación de sillas, ya que en este universo imaginario aún nadie las fabrica (pobre gente se sienta en el piso, salvo que la suerte les entregue una roca o un tronco caído). En nuestro caso las haremos de madera, para lo cual compramos todos los insumos, las herramientas y comenzamos a construirlas. Calculando todos los costos llegamos a 1000 monedas aproximadamente por cada silla pero aún no contamos nuestro tiempo, además de que pretendemos tener una buena ganancia, ¿para qué arriesgarse sino? Considerando todo eso la llevamos al mercado pidiendo 2000 monedas por cada una.

Luego de unos pocos días de intentar venderlas, notamos que nadie está dispuesto a entregar 2000 monedas por una silla, así que pasamos a pedir 1800. A partir de ese momento las ventas comienzan a concretarse y pensamos “OK, el precio de mercado es 1800. Es lo máximo que puedo pedir para que me compren.”

Lo que nosotros no sabíamos, era que durante ese tiempo otro emprendedor tuvo la misma idea y comenzó a fabricar sillas muy similares. Sin embargo, viendo nuestras ventas, este otro emprendedor decide colocar el precio de mercado en 1700. Rápidamente los clientes van acercándose a su tienda, y cada vez menos vienen a la nuestra (sólo nos queda la clientela fiel). No pasan muchas semanas hasta que un tercer emprendedor, viendo que la demanda de sillas crecía y el margen en el negocio (1700 - 1000 = 700) aún era atractivo, se suma al mercado. En este caso, su precio lo coloca en 1600, con la misma intención de llevarse a los clientes. Indefectiblemente no tenemos muchas opciones más que bajar nuestro precio de 1800 a 1600 también, ya que los pocos clientes que nos quedan (y no sabemos por cuánto tiempo) no nos justifican mantener el negocio. El margen de 600 sigue siendo aceptable, aunque no sea lo ideal y nuestros ahorros ya no crecen tanto.

El mercado se va expandiendo, la voz se corre, y la demanda de este nuevo invento, “la silla”, crece de forma exponencial. Entre los tres emprendimientos nos cuesta abastecer la demanda que surge, y naturalmente comienzan a aparecer clientes dispuestos a pagar más para obtener su silla sin tener que esperar (ya que la demora en reponerlas, para los tres, iba creciendo). Esto hace que las tiendas empecemos a aceptar 1700 por cada silla, y así es como el precio de mercado sube.

Todo sigue en armonía en el mercado, con los tres emprendimientos compitiendo entre sí y un precio de mercado de la silla rondando los 1700. De hecho, aún si el precio de algunos insumos bajó, los tres comerciantes logramos coordinarnos (directa o indirectamente) para mantener el mismo precio de mercado y aprovechar esa baja en costos para incrementar nuestra ganancia. Sin embargo, la calma se rompe cuando aparece un cuarto emprendedor vendiendo sillas a 1100. La caída brusca en precio no sólo nos sorprende al resto sino que provoca una migración masiva de clientes a esta nueva tienda. ¿Cómo podía esta persona vender una silla que costaba 1000 fabricar, a 1100? Esos 1000 de costo no consideraban el tiempo nuestro siquiera. Obtener 100 por silla no justifica el esfuerzo, y sobretodo el riesgo de emprender un negocio de sillas. Pues resulta que ese nuevo emprendedor había encontrado una forma más eficiente de fabricar sillas y su costo era mucho menor, por ende su ganancia era mayor que la nuestra. ¿Cómo lo logró? Viendo como había crecido la demanda, este cuarto emprendedor se vio incentivado a entrar al mercado, pero buscando una nueva forma de maximizar sus beneficios. Así fue como encontró este nuevo método de fabricación y pudo darse el lujo de ofrecer precios más bajos sabiendo que sus ganancias igual serían suficientes, y logrando penetrar en un entorno que ya tenía actores dominantes.

De más está decir que con el paso del tiempo los demás emprendedores adoptamos mejores técnicas de fabricación para lograr adaptarnos a la nueva realidad y permanecer en el mercado. Aquel que no logra hacerlo, termina siendo desplazado.

Podríamos continuar con el universo imaginario, pero ciertos puntos empiezan a estar claros aún siendo en términos hipotéticos, ya que las dinámicas descritas representan la realidad de cualquier industria o profesión.

¿Qué observamos en este ejemplo (y en la vida cotidiana)?

Quién vende un bien o servicio va a querer colocar el precio más alto posible. Quién compra un bien o servicio va a querer obtener el precio más bajo posible. Ninguna parte es más codiciosa que otra, sólo buscan el beneficio propio, algo totalmente natural.

El precio no lo fija sólo quien compra, ni lo fija sólo quien vende, aún si todos los vendedores se alineasen. El precio a la larga surgirá de la dinámica y es reflejo de la escasez. La existencia de competencia es un factor clave para que ese precio tienda a la baja. Si el mercado da señales de crecimiento o buena salud, nuevos actores estarán incentivados a entrar y a ganar mucho. Ese incentivo es lo que lleva, a veces, a innovar.

¿Qué ocurre cuando alguien decide que el precio debe ser diferente?

Volvamos por un segundo al universo hipotético y supongamos que alguien, por la fuerza, nos obliga a los cuatro emprendedores a vender a no más de 900, ya que todo precio superior a eso es muy alto según esa persona. Los tres emprendedores originales habíamos ajustado nuestra técnica de producción, pero aún así vender a 900 era pérdida para los otros dos y una ganancia muy baja para nosotros. Nuestros costos eran de 850, y 50 de ganancia por silla no justificaba el esfuerzo y el riesgo. Ni hablar de que ante el primer imprevisto, no tendríamos fondos suficientes para resolverlo. Al poco tiempo los tres emprendedores dejamos de vender sillas y buscamos nuevos negocios que emprender.

El cuarto emprendedor, el innovador, aún era sustentable aunque con poco margen de error ya que sus ganancias no eran las ideales. Aún así decidió continuar el negocio. El problema era que él solo debía abastecer ahora a toda la demanda. Demanda que había crecido, ya que algunas personas que antes no consideraban razonable pagar una silla 1100, ahora sí deseaban hacerlo a 900. Esta cuarta tienda no daba a basto a reponer las sillas que vendía en tiempo y forma, y la gente debía esperar. Dado que tampoco podía aceptar más monedas de quienes estuviesen dispuestos a pagarlas, porque la persona que impuso el nuevo precio por la fuerza no se lo permitía, no había más opción que continuar el ritmo actual.

En este nuevo capítulo del universo de las sillas, la cantidad de gente satisfecha y atendida era menor, la cantidad de sillas existentes era menor, y la totalidad de personas saliendo beneficiadas (por obtener sillas u obtener monedas) era definitivamente menor.

Si intentamos alterar los precios mismos de manera forzada, no estamos alterando las condiciones, los recursos, ni el trabajo que llevó a que esos precios sean los que son en primer lugar. Estamos alterando la señal, no el origen de la misma. De la misma manera que si el termómetro nos indica que tenemos fiebre, no ajustamos los números del termómetro para solucionar el problema. Lo que logramos atacando el precio en sí es desconectar la señal de lo que le dio sentido, desconectamos la señal de la verdad subyacente. Por lo tanto, cuando el mercado lea dicha señal y actúe en consecuencia, estará actuando sobre algo que no es real y los actores involucrados (emprendedores, productores, consumidores) destinarán su foco, creatividad y esfuerzo en una dirección para la cual no serán recompensados. Esto va a romper los incentivos y, seguramente, causará más discrepancias entre la disponibilidad real de recursos escasos y su aprovechamiento para satisfacer necesidades y deseos. A la larga, el desenlace son recursos mal invertidos y pérdida de oportunidades.

Para que la señal “precio” sea útil debe ser una señal que represente la realidad. Es decir, cada interacción comercial debe ser realmente voluntaria para que de esa manera los precios de mercado que surjan representen el equilibrio verdadero entre la oferta y la demanda. Sólo de esa manera podemos asegurar que, con el correr del tiempo, los precios nos dirán en dónde es más eficiente destinar los recursos, el esfuerzo, el talento, y el ingenio para obtener mejores recompensas.

Conclusión

Es importante que entendamos qué nos motiva como miembros de esta especie, como actores económicos, a generar bienes y servicios para otros. Dicho en otros términos, qué nos motiva a generar riqueza. El altruismo siempre es un factor válido, pero cuando lo ponemos en perspectiva para ofrecer soluciones a miles o millones de personas, la historia nos muestra que los incentivos económicos suelen hacer el mejor trabajo a escala.

También es clave que entendamos que los precios no son un reflejo directo del esfuerzo, ni del trabajo. Tampoco son una consecuencia directa del costo de los recursos consumidos, ni siquiera de la utilidad percibida. El precio de mercado es determinado por la escasez, que es consecuencia de la oferta y la demanda. Es por este motivo que el precio como señal nos incentiva como humanos a generar más bienes y servicios, y así reducir la escasez en aquellos ámbitos donde actuamos, e influenciar nuevos precios. Es un ciclo que no se detiene, dinámico como nosotros mismos. Si bien los ejemplos que imaginamos en este artículo carecen de las complejidades propias de una realidad llena de matices, creo que los principios básicos económicos y de incentivos se mantienen.

La voluntad de crear es algo innato del ser humano, y gracias a las interacciones económicas voluntarias en el mercado enviamos señales que recompensan aquellos actos de creación que más valor nos aportan. La riqueza con la que contamos en la actualidad no es la misma que tenían nuestros antepasados hace decenas de miles de años, y eso es producto de todo lo que hemos logrado crear, incentivados para hacerlo. La torta no sólo se dividió en más porciones, sino que la torta creció… y creció mucho.

El comercio es la herramienta que inventamos a lo largo de los milenios para obtener lo que necesitamos y deseamos, en oposición a la agresión. Emprender es la esencia de la generación de riqueza, es la esencia del crecimiento económico de la humanidad. Somos comerciantes, somos emprendedores, somos creadores.

La imagen de portada es «Great Fish Market» (1603) de Jan Brueghel the Elder.

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