Obreros de Hiram Abiff: el amor, la generosidad, la bondad y la humildad (II)

Desde el punto de vista “iniciático” masónico, hare una reflexión sobre los cuatro pilares del corazón masónico: el amor, la bondad, la generosidad y la humildad como herramientas de transformación humana y social. Ahora bien, mi impresión sobre lo siguiente: El Amor, La Bondad, La Humildad y la palabra Dios, no se pueden definir, incluso nombrar, porque esta comprendida dentro de mi interior, y si se definen, no pasan de ser meras expresiones profanas. Este planteamiento toca el corazón mismo de la experiencia iniciática: el amor, la bondad, Dios, la generosidad y la humildad no son conceptos para disecar con la razón, sino vivencias que resuenan en el silencio del templo interior. Es una verdad íntima e irrenunciable, es la esencia vivida. No definiré el amor, describiré cómo se siente en el pecho cuando el hermano extiende la mano sin pedir nada a cambio. No nombrare la humildad, contare la anécdota de aquel masón anciano que, sabiendo más que nadie, escuchaba como un discípulo. Dios y el Amor: No puedo decir lo qué es. Sólo sé que cuando lo siento y lo comprendo, la escuadra ya no mide ángulos, mide distancias para acercarme. De la bondad: Intente nombrarla y desapareció. Mejor es observarla en el masón que cede su turno de palabra sin que nadie lo note. De la Humildad: Quien dice “soy humilde” deja de serlo. Quien la practica, ni siquiera recuerda que existe. No voy a definir el amor. Sería una insolencia. Tampoco voy a decir qué es la Bondad y Dios, ni cómo se mide la generosidad, ni en qué consiste la humildad. Quien intente encerrar estas realidades en palabras, las ahoga. La Masonería, escuela de silencio activo, me enseñó algo que ningún diccionario contiene: “lo más verdadero que habita en el ser humano no se nombra”. Se siente y “se comprende”. Se respira. Se trabaja en la piedra bruta del corazón, sin testigos. Cuando hemos sentido amor, no el que se declara en un poema. Ese otro: el que lo detuvo en seco frente al dolor de un desconocido. El que lo hizo compartir su pan sin preguntar nombre. El que lo puso de rodillas ante la fragilidad de un hijo, o ante la grandeza de un enemigo perdonado. Ese amor no necesita definición. Necesita silencio para reconocerse y comprenderse. En logia, cuando los hermanos se sientan en cadena, nadie dice “practiquemos el amor”, simplemente, se escuchan, y en ese escuchar sin interrumpir, sin juzgar, sin apurar la respuesta, algo ocurre. Ese algo no tiene nombre en ningún idioma. Pero quien lo ha sentido, ya no puede olvidarlo. La bondad tampoco se explica. Se muestra. ¿Cómo describiríamos la luz? No puede. Pero sabe que cuando entra a una habitación oscura, todo cambia. Así es la Bondad masónica. No es un acto heroico ni una campaña solidaria, es el masón que, sin que nadie lo vea, acomoda la silla del otro antes de sentarse. Es el hermano que calla su propio cansancio para preguntar: ¿cómo estás, como te sientes? y espera la respuesta de verdad. Lo curioso es que ya conocemos esa bondad, la hemos recibido sin saberlo. La hemos dado sin registrarlo. Porque en el fondo, no se aprende. Se recuerda. La Masonería no inventa la bondad, la desentierra, la quita del polvo de las teorías morales y la baja al taller, al martillo, a la piedra que pule al hermano de al lado. Por eso ningún masón puede decir “yo soy bondadoso”. Eso ya sería “soberbio”. El masón, a lo sumo, puede decir: hoy intenté no lastimar. Hoy intenté aliviar. Mañana no sé. Y esa humildad ante la propia bondad, esa conciencia de que uno no es dueño de lo que da, ya es el principio de algo más grande. La Generosidad es quizá la más engañosa. Porque la confundimos con dar cosas, con Caridad, con dinero, con tiempo, con recursos. Y eso también es generosidad. La Generosidad que la logia trabaja en silencio es otra: la de no exigir que el otro sea como uno quiere. La de regalar al hermano el derecho a equivocarse sin que nuestra decepción lo aplaste. Hemos sentido ese momento en que alguien nos falló y en lugar de reclamar lo que me deben, respiró hondo y pienso: él está en su camino. Yo estoy en el mío. No necesito que me pague. Eso es generosidad sin nombre. La que no espera retorno ni siquiera reconocimiento. La que se ejercita en secreto, como el masón que pule su piedra bruta en la soledad de su consciencia. Hay una generosidad aún más difícil: la que uno se da a sí mismo, perdonarse por no ser perfecto. Aceptar que la piedra cúbica no se termina en esta vida. Dejar de castigarnos por lo que aún no se logra. Porque el ser humano generoso consigo mismo, recién entonces puede serlo de verdad con los demás. No puedo dar una receta de cómo se logra eso. Pero ya lo hemos hecho. En algún momento, sin saberlo, fuimos generosos sin medir el costo. Y ese recuerdo, aunque no lo nombremos, sigue vivo en nuestra consciencia. La Humildad es la más paradójica. Porque apenas se nombra, se pierde. Quien dice “soy humilde” ya no lo es. La humildad masónica no es postrarse. No es decir “no valgo nada”. Eso sería falsa modestia, y a veces, hasta soberbia disfrazada. La humildad verdadera es simplemente saber el lugar que uno ocupa. Ni más, ni menos. Es nuestro nivel de estado de consciencia. El masón, cuando se pone el mandil, no se achica. Se recuerda. Recuerda que frente al Gran Arquitecto del Universo o frente al misterio de la existencia, si no le gusta esa imagen, todos somos aprendices. Siempre. Nosotros hemos sido humildes sin darnos cuenta, es nuestro reflejo del nivel de estado de consciencia. Cuando reconocimos un error ante alguien que podía humillarlo. Cuando prefirió aprender antes que tener la razón. Cuando escuchó a un niño como si fuera un maestro. Esa humildad no se postula: se vive. Y cuando se vive, se es “libre”: de hipocresía, de fanatismo, de dogmatismo, de ser ortodoxo y ambición desmedida. Porque el ser humano humilde no necesita demostrar nada. No compite. No mide su valía contra la del otro. Simplemente, trabaja su piedra. Y si alguien la mira y la encuentra hermosa, él sonríe para adentro, porque sabe que apenas empezó. En conclusion: no he definido nada, y sin embargo, quien lee esta columna, sabe a que me refiero. Porque el amor, la bondad, la generosidad y la humildad no son conceptos para entender, si no para “comprender”. Esta más allá de lo físico. No están afuera, en los libros ni en los discursos. Están adentro de nuestro ser, en ese lugar que a veces late distinto cuando ve injusticia. En esa mano que ya se ha extendido sin que la cabeza ordenara nada. La Masonería no nos enseña nada nuevo sobre estas cuatro realidades. Sólo nos va a recordar lo que ya sabemos, sin necesidad de nombrarlas. Porque lo más sagrado del ser humano no soporta ser dicho. Sólo soporta ser vivido. “Donde hay soberbia, allí habrá ignominia, mas donde hay Humildad, habrá sabiduría”. (Salomón – Proverbios 11:2).
Obreros de Hiram Abiff: el amor, la generosidad, la bondad y la humildad (II)

Obreros de Hiram Abiff: el amor, la generosidad, la bondad y la humildad (II) El artículo reflexiona sobre los cuatro pilares masónicos: amor, bondad, generosidad y humildad, enfatizando que son vivencias internas que no pueden definirse con palabras. La Masonería, como escuela de silencio, enseña a sentir y comprender estas virtudes en el “templo interior”, recordándonos que lo más sagrado y verdadero del ser humano reside en su experiencia y práctica, no en su definición verbal.

Se describe cómo estas virtudes se manifiestan en acciones concretas y desinteresadas, y cómo la práctica masónica busca desenterrarlas y vivirlas en el día a día, puliendo la “piedra bruta del corazón”.

En conclusión, el texto argumenta que estas realidades trascienden lo físico y no se aprenden externamente, sino que se recuerdan desde el interior, siendo la Masonería un recordatorio de lo que ya sabemos, pero que solo se puede vivir y comprender.

  • El amor, la bondad, la generosidad y la humildad son vivencias internas masónicas que no se definen con palabras, sino que se sienten y comprenden.
  • La Masonería es una “escuela de silencio activo” que enseña a experimentar estas virtudes en el “templo interior”, más allá de la razón.
  • Las virtudes se manifiestan en acciones concretas y desinteresadas, como ayudar sin pedir nada a cambio o perdonar.
  • La práctica masónica busca “desenterrar” estas virtudes y vivirlas en el día a día, trabajando en la “piedra bruta del corazón”.
  • Lo más verdadero y sagrado en el ser humano no se nombra, se vive y se comprende, y la Masonería actúa como un recordatorio de ello.
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